Hace unos doce millones de años, Lucy salió a caminar porque el espacio en el que se movía le comenzó a parecer pequeño. Lo pensó siempre que se instalaba en el follaje de su baobabs preferido. Miraba el horizonte y quería verlo todo, fue entonces que se le ocurrió la idea de erguirse y mientras lo hacía, frente a sus ojos fue apareciendo el mundo envuelto en los colores que ella no conocía. Corrió sin mirar hacia atrás, no sin antes invitar a las que eran sus amigas y a las que no lo eran. Viajó durante toda su vida. El hogar siempre estuvo en su mente y regresaba a él cada vez que podía, pero luego el mundo volvía a llamarla y se iba con la confianza depositada en su fiel pareja que en las labores de casa era un experto.
Pero ese estado de realización nadie sabe cuándo, ni cómo ni por qué tuvo un giro radical. En este punto solo se escribirían en adelante, afiebradas teorías que se perdieron en los anales del tiempo y otras más creativas e inverosímiles que daban la razón al macho erguido. Así fue que las descendientes de Lucy repartidas por el mundo de manera generosa y variopinta se encargarían de recuperar el tiempo perdido dándose a la ardua tarea de estudiar evidencia proveniente de aquí, de allá y de acullá. Solo fue después de muchas noches sin pegar pestañada, y gracias al estroncio y al esmalte de los dientes del homínido más cercano que llegaron a una conclusión certera que dejaba a la mitad del planeta pensando en qué otros misterios develaría su dentadura. Eran ellas, las australopitecas las viajeras, las que se desplazaban lejos de sus territorios, mientras que los australopitecos ellos, se quedaban luengas tardes cerca de casa, preocupados de la crianza de los hijos y los quehaceres domésticos entre los cuales estaba el incipiente ejercicio del tejido con esparto.
Debo confesar que esta revelación capturó mis sentidos por más de un momento. La ciencia lo había dicho después de una acuciosa investigación. Ellas habían dado un veredicto que apareció publicado en los medios y que no abarcó más espacio que el cuarto de una página. ¿Qué quedaba ahora para la contraparte?

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