Creo que necesito ir al médico. Hoy he vuelto a fumar como carretonera. Nada me deja tranquila. Todo parece haberse esfumado. Miro por la ventana, el cielo se hace gris a esta hora. Los aullidos de los perros se pierden en la tarde. El frío no me importa, menos el calor de un sol oculto. Escucho a mi hija lavar los platos del almuerzo y luego subir las escaleras. Todo se llena de silencio otra vez. El teléfono llena de mudez la casa. Pienso en la playa solitaria y ajena. Me preguntan qué escribes y oculto estas líneas. Vuelvo a encender un cigarro y no siento que es un placer culpable. Una algarabía de chicos pasa como un torbellino para luego perderse en la distancia. El camión de la basura engulle bolsas mustias en su quijada de fierro. Alguien cierra las cortinas y tomo el sorbo de un café que se ha enfriado. La extensión de las horas es infinita. Recuerdo otro tiempo parecido a este y tiemblo. Alguien toca la puerta y no abro. El mundo se me hace ancho y ajeno. Siento que soy solo una brizna lanzada a este orden de cosas. Del segundo piso baja la melodía de Morrisey “the more you ignore me” y me muerde alguna parte del pecho. La vida es tan simple, pero tan difícil. Los cigarros se consumen de manera estúpida. Nada impide esta molestia de estar viva. La vida es dura, pero bella, me repito y de ayer a hoy ya no me lo creo. Estoy casi a oscuras. No quiero decir cosas manidas, no quiero. Envidio la suerte de los locos. Envidio. Hago clic en guardar, pero este desvarío es solo forma, el dolor no logro despegarlo de mi piel.