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La Coctelera

El blog de Facedora

Nada es mejor que no hacer nada peor

Categoría: De Facedor de Páginas

18 Febrero 2006

SIMPAR

Desfilaron por el cuarto de Simpar los bendecidos de su genial pluma. Rendíanle honores dignos del soberano más poderoso de todos los imperios. Especial reconocimiento obtuvo de un miserable verdugo cuya hacha filuda había cortado más de cien cabezas con tal fortuna que todas caían dentro del receptáculo preparado para la ocasión, cosa considerada de buen gusto por el público que vitoreaba, en cada oportunidad, el acierto en la cesta. Al parecer, tanto agradecimiento y reverencia del hombre cuya nariz ganchuda sobrepasaba los límites normales y hacía recordar ciertos versos de Quevedo tenía una intención declarada luego de hinojos: era tiempo de cambiar de oficio; tal vez si lo dejara en una villa criando corderitos junto a una moza joven por el resto de su vida sería una justa recompensa para tan malogrado oficio. A esas alturas ya tenía una deformación profesional pues pensaba que nadie tenía bien puesta la cabeza sobre sus hombros. Más aún, todo el mundo perdía la cabeza por cualquier cosa y él no estaba dispuesto a seguir descabezando al mundo de manera literal.
–Solo usted puede concederme ese deseo. Quiero cambiar la vida descabellada que he tenido hasta ahora–. Y reverenció cuanto pudo a su virtual creador y amo del verbo.
El autor encontró en los argumentos dados por el verdugo una tonalidad filosófica y cumplió el deseo casi de inmediato porque todavía no comenzaba a escribir esa historia. Había cruzado por su mente con la velocidad del rayo, pero se sintió el hombre más afortunado de la tierra por dar en el gusto a un personaje que forjaba su propio futuro, ello en aras de la entrega y el amor exclusivo a una sola persona.
–Te concederé ese deseo, porque ademásesa nariz ganchuda que tienes me recuerda a un fiel amigo de conversaciones que me hacen bien para escribir historias. Entonces, ¡Podéis ir en paz!

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20 Agosto 2005

Fragmento de la novela FACEDOR DE PÁGINAS

GALÁN
Durante el día era un hombre ejemplar. Tenía la facha y la altura de un actor de cine, una especie de Gary Cooper de pueblo pequeño. Se había enamorado muchas veces en su vida, pero esos enamoramientos habían durado lo que duran dos peces de hielo en un wisky on the rock, según reza la canción de Sabina. Sin embargo ahora la cosa iba en serio. Lo que había empezado como una simple distracción para alejar el tedio del que cada día era presa, se había transformado en una pasión que no tenía control.
Mientras conducía el camión de seguridad en esos días de calor que azotaban al pueblo, por la cabeza aparecían brillantes ideas que más tarde susurraría al oído de su amante mientras se escondían de los demás en la intimidad de un motel de poca monta situado a media hora del lugar.
Como era de esperarse y como ocurre casi siempre, la mujer legal comenzó a sospechar cuando los hechos estaban bien amarrados y el desborde de la calentura era total. Frente a esto, no quedaba más que actuar con rapidez. Ya sabía ella de las argucias y despistes que usaba su marido. Se había dado el tiempo para observar con calma incluso el modo en que despertaba y cómo se quedaba dormido. Muchas veces después de un encuentro furtivo, llegó a casa con un chaquetón grande y tapado hasta las orejas, haciendo alarde de un frío que calaba los huesos cuando el otoño permanecía cálido aún. Pero su mujer no se cocía en dos aguas y permanecía atenta.
A los ojos de todos era evidente la farsa. Por las noches se le veía salir del departamento de su amante con un impermeable oscuro y un gorro que lo camuflaba y lo transformaba en el ser más anónimo y perfecto.
Sin embargo nada es eterno, ni menos aún perfecto. Por eso, grande fue la sorpresa del Gary Cooper del pueblo cuando uno de los maestros carpinteros que prestaba servicio en la empresa donde trabajaba, le dijo una noche al verlo pasar cubierto hasta las orejas:
_ Amigo, para qué se esconde si sabemos que es usted.
Las palabras cayeron como un balde agua fría sobre el espinazo del amante furtivo, entonces supo que después de aquello las cosas serían distintas porque su relación, aunque era de noche, había salido a la luz, había sido verbalizada en un tono más alto de lo que se permite en el secreto a voces. Quiso morirse. Las noches de lujuria y excesos que hasta allí mantuvo estaban a punto de zozobrar. En el horizonte vislumbraba tormentas que se abalanzarían sobre él con fuerzas demoledoras de pasiones.
En efecto, a los pocos días, la esposa engañada golpeaba enfurecida la puerta del nido de amor.
_ ¡Abre la puerta infeliz, poco hombre¡. ¡Preocúpate de tus hijos en vez de andar de lacho con esa perra caliente¡. ¡Puto caliente¡ ¡Sal y da la cara, maldito!
Sin embargo, nada se oía desde el otro lado de la puerta.
El escándalo despertó a los vecinos del quinto piso que salieron a mirar por entre las puertas apenas entreabiertas. Sabían que esto vendría tarde o temprano. Cerraron las puertas y se quedaron en la postura más incómoda y abstracta que alguien puede soportar: con la oreja pegada a la pared y el ojo puesto en la mirilla.
No había nada más que hacer. La desesperación que se apoderó del amante cinematográfico lo llevó a tomar la más drástica determinación. Se puso los pantalones con la velocidad del rayo y se enfundó dentro del impermeable y el gorro pasamontañas. Luego corrió desde el dormitorio a la cocina y se lanzó hacia la calle con un salto que parecía hecho con garrocha.
Abajo no había más que cemento y tierra. El guardia relataría más tarde cómo había sido la caída de este hombre desde el quinto piso y lo que vendría luego.
_ Vi que alguien saltó con bravura desde el quinto piso. La silueta que se recortaba en el cielo era parecida a las que se ven en el cine. Lo vi caer de manera perfecta, sólo que en el último segundo pareció perder el equilibrio e inclinarse hacia un lado. Cayó de costado y permaneció un par de segundos tendido. Luego apareció una mujer corriendo hacia él y comenzó a darle de patadas mientras él intentaba levantarse.
Las nubes habían aparecido en el cielo de los amantes. Había aparecido la ambulancia por las costillas rotas y habían aparecido los vecinos.
Todo el resto había desaparecido.

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Cuando niña descubrí que me gustaban las palabras. Desde entonces, las disfruto de todas maneras. Creo que las palabras son libres y podemos usar estos espacios que se nos aparecen desde no sé dónde...para decir lo que queramos, a la hora que podamos. Zulema Retamal

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