Era la hora del regreso. Abordé un bus pequeño y antiguo, si calculo el año de ese vejestorio, imagino quese remontaría a la década del 70. Pero es lo que hay, diría un hijo de vecino cualquiera invadido por la pasmosa claridad que tienen los alejados del mundo.
Al rato de avanzar por la ruta me di cuenta de la entretenida conversación que llevaba el chofer y el cobrador. Desde el lugar de donde estaba no podía oír lo que charlaban, pero sí ver las maromas y señales que hacía el cobrador a quien iba conduciendo, de tal forma que este último abandonaba la vista de la carretera para poner atención a toda la faramalla que se propalaba con tanta prodigalidad. Debo decir que comencé a preocuparme por la pasión desatada en la conversación. En el cobrador de boletos no había atisbos de querer abandonar la charla y la intensidad , por el contrario, se exacerbaba aun más. Miré a los demás pasajeros para encontrar alguna actitud de reprobación ante la escena, pero los demás estaban en lo suyo: la señora gorda cuidaba los pétalos de los crisantemos y más atrás un obrero forestal dormía con la boca abierta. No miré más. Quise despreocuparme del tema, traté de disfrutar de los notros florecidos que me gusta tanto mirar, pero una frenada abrupta me trajo de nuevo al interior de la cafetera. Un camión repleto de troncos se había volcado unos metros más adelante dejando toda su mercadería a la orilla del camino. El chofer y el auxiliar cesaron un momento la conversación para mirar la escena donde yacían los difuntos árboles entrecruzados. El paso por el lugar fue lento, nadie comentó nada y así, logramos pasar como si hubiera sido por delante de un telón cinematográfico.
Reanudada la marcha, los hombres volvieron a la conversación como si hubieran quedado pendientes los mejores detalles. El cobrador cotinuó entusiasmado y volvió a la gesticlación exagerada que parecía inevitable aderezo para el tema. El chofer se volvía a mirarlo continuamente y en su cara se veía el interés por no perderse detalle. A estas alturas yo solo quería que se bajara cualquiera para interrumpir aquella complicidad que mantenía a los pasajeros en riesgo de un accidente.
Nadie se bajó.
Pasaron los minutos y nada cambió. Los hombres no tenían más mundo que la histeria de su conversación. Yo dije unos cuantos garabatos en voz baja, pero nada más. Ya me veía impactada como una mosca en la parte trasera de algún camión forestal o patas para arriba en aquella carcacha que en vez de avanzar por la calzada, parecía que hervía.Quise olvidarme de todo, pero no pude. Escuché un estallido de risa que hizo a todos concentrar la mirada hacia adelante. En efecto, el chofer estaba siendo atacado por un acceso de risa que no podía controlar, tanto que su cuerpo se doblaba por encima del manubrio haciéndolo desaparecer en un estómago con abundancia de tejido adiposo, así movía la cabeza por momentos, mientras permanecía agachado, en señal de lo divertido que era. El auxiliar prorrumpía en carcajadas entrecortadas mientras el rostro se le ponía amoratado y trataba de hilar algunas palabras.
Por fin nos detuvimos en un cruce.
Pasados unos segundos, y al momento en que la florista quiso bajarse, el auxiliar, después de secarse las lágrimas con el puño de la camisa, hizo una pregunta para todos:_¿dónde se van a bajar?_ casi al unísono respondieron que se bajaban en el Cementerio. Yo no dije nada, después de eso, cualquier paradero me daría lo mismo, pero como una medida cautelar, me bajé antes.
Nunca supe si llegarían a destino. No volví a mirar hacia atrás.